El pacto en el Sinaí
Lee para el estudio de esta semana
Éxodo 19: 1–20: 17; Apocalipsis 21: 3; Deuteronomio 5: 6–21; Santiago 1: 23–25; Romanos 3: 20–24; Romanos 10: 4.
Para memorizar
«Ustedes vieron lo que hice a los egipcios, y cómo los tomé sobre alas de águila, y los he traído a mí. Ahora pues, si en verdad escuchan mi voz y guardan mi pacto, ustedes serán mi especial tesoro entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Y ustedes serán mi reino de sacerdotes y gente santa» (Éxo. 19: 4–6).
¿Hacia dónde condujo Dios a Israel después de liberarlo de Egipto? ¿A la Tierra Prometida? Aunque esa respuesta geográficamente sea correcta, es teológicamente errónea. Dios mismo responde la pregunta de la siguiente manera: «Ustedes vieron lo que hice a los egipcios, y cómo los tomé sobre alas de águila, y los he traído a mí» (Éxo. 19: 4). Por lo tanto, la respuesta bíblico-teológica a la pregunta revela la prioridad y el objetivo de Dios: el Señor los condujo a él.
Cuando los seres humanos se alejan de Dios, él los busca y los llama a volver a él. El mejor modelo de esta profunda verdad está en el Jardín del Edén, cuando Adán y Eva pecaron contra Dios al desobedecer su mandato y se escondieron de él. Él tomó la iniciativa y llamó a Adán: «¿Dónde estás?» (Gén. 3: 9). Él siempre da el primer paso. Jesús lo afirma con elocuencia:
«Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo les daré descanso. Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma» (Mat. 11: 28, 29).
Dios nos llama a todos. Nuestro destino eterno depende de nuestra respuesta.
Domingo 17 de agosto
En el monte Sinaí
Lee Éxodo 19: 1 al 8. ¿Qué prometió Dios a su pueblo al pie del monte Sinaí?
Dios condujo a los israelitas al monte Sinaí, donde pronto les entregaría el Decálogo, los Diez Mandamientos.
Se desconoce el lugar exacto, pero algunos estudiosos piensan que probablemente Jebel Musa, un monte de 2.285 metros de altura, en la península del Sinaí, es el lugar donde Moisés se encontró con Dios varias veces (por ejemplo, Éxo. 3: 1; 19: 2; 24: 18) y donde Elías se encontró con el Señor años más tarde (1 Rey. 19: 8), la misma montaña donde Dios llamó a Moisés para que sacara a Israel de Egipto (Éxo. 3: 1, 10). En aquel momento, el Señor anunció a Moisés que este adoraría a Dios en ese mismo lugar junto con el Israel liberado, lo cual serviría como señal de que el Dios de Abraham, Isaac y Jacob los estaba guiando (Éxo. 3: 12).
Tras dos meses de viaje, los israelitas llegaron al Sinaí (Éxo. 19: 1), donde permanecerían aproximadamente un año (comparar Éxo. 19: 1 con Núm. 10: 11, 12). Durante este año recibieron de Dios muchas leyes, como se describe en Éxodo 19 al 40; Levítico 1 al 27 y Números 1: 1 a 10: 10. La permanencia de Israel en el monte Sinaí es la pieza central de la narración contenida en el Pentateuco. Es allí donde se sientan las bases para que Israel sea el pueblo elegido de Dios, la única nación no sumida en el paganismo y la idolatría.
Dios toma la iniciativa y establece el pacto entre él e Israel. Promete hacer de este un tesoro especial, un reino de sacerdotes, un pueblo santo, si sus integrantes le son obedientes y se mantienen en estrecha relación con él.
Ser un pueblo santo significa dedicarse a Dios y revelar su carácter a los demás, especialmente a las naciones de su entorno. También fueron llamados a funcionar como un reino de sacerdotes que conectarían a otras personas con Dios, guiándolas hacia él y enseñándoles sus caminos y sus leyes. Ellos debían ser el tesoro especial de Dios, pues el Señor quería hacer de Israel su canal para iluminar al mundo con el conocimiento acerca de él y de su carácter.
Este pacto constituyó el establecimiento legal de una relación entre Dios y su pueblo. La fórmula general del pacto, que varía ligeramente en los distintos textos, es: «Los haré mi pueblo y seré su Dios» (ver Éxo. 6: 7; Lev. 26: 12; Jer. 24: 7; 31: 33; Heb. 8: 10; Apoc. 21: 3).
¡Imagina ser el «tesoro especial» de Dios! ¿Qué privilegios especiales implicaría eso? ¿Qué responsabilidades especiales tendrías?
Lunes 18 de agosto
La preparación para recibir el don
Lee Éxodo 19: 9 al 25. ¿Cómo preparó Dios a Israel para recibir los Diez Mandamientos?
Dios dio instrucciones específicas acerca de cómo debían prepararse los israelitas para la entrega de la Ley en el Sinaí. Su pureza externa debía reflejar su total dedicación a Dios. Tenían que estar preparados para la espléndida manifestación de la gloria del Señor que estaba a punto de ocurrir. Cuando llegó, vino acompañada de «truenos y relámpagos, y una espesa nube sobre el monte. Y un penetrante sonido de trompeta estremeció a todo el pueblo que estaba en el campamento» (Éxo. 19: 16).
El Decálogo, los Diez Mandamientos, es el corazón de la revelación de Dios y de la ética bíblica. Constituye el fundamento de las normas divinas para toda la humanidad. Sus principios son eternos y universales.
Según el relato bíblico, el Decálogo fue anunciado por Dios (Éxo. 19: 19; 20: 1; Deut. 5: 4, 5, 24), y fue escrito por él mismo (Éxo. 24: 12; 31: 18; Deut. 5: 22). En dos ocasiones fue entregado a Moisés como un regalo especial (Éxo. 32: 19; 34: 1; Deut. 10: 1, 2).
En Éxodo, el Decálogo es llamado «el testimonio» (hebreo: ‘edut; Éxo. 31: 18), o «las palabras del pacto» (hebreo: dibre habberit; Éxo. 34: 28). En el libro de Deuteronomio, esas palabras son escritas en «las tablas del pacto» (Deut. 9: 9, 11, 15). Ninguno de los dos libros utiliza la expresión hebrea que significa «mandamientos» (mitzvot), sino que en tres ocasiones son designados como «las diez palabras», ‘aseret haddebarim, de dabar, que significa «palabra, sentencia, asunto, discurso, historia, promesa, pronunciamiento» (Ver Éxo. 34: 28; Deut. 4: 13; 10: 4).
Existen dos versiones del Decálogo con muy ligeras diferencias. La primera se encuentra en Éxodo 20: 1 al 17 y la segunda en Deuteronomio 5: 6 al 21. La segunda versión fue presentada oralmente por Moisés a Israel casi cuarenta años después del Sinaí, justo antes de que el pueblo entrara en la Tierra Prometida (Deut. 1: 3, 4; 4: 44-47). Estas circunstancias explican las ligeras diferencias entre ambas versiones.
Cuando Pablo dijo que el amor es el resumen de la Ley, citó el Decálogo (Rom. 13: 8-10). El amor es, en efecto, la suma de la Ley de Dios, porque él es un Dios de amor (1 Juan 4: 16).
¿Cómo entiendes la idea de los Diez Mandamientos como expresión del amor de Dios? ¿Qué significa eso? ¿Cómo se revela en ellos el amor de Dios?
Martes 19 de agosto
El don del decálogo
Lee Éxodo 20: 1 al 17. ¿Cuáles son los principios expresados en el Decálogo y cómo está organizado?
Nota que el Decálogo no comienza con los mandamientos, sino con la acción misericordiosa de Dios en favor de su pueblo: «Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de Egipto, de casa de servidumbre» (Éxo. 20: 2). El Señor muestra primero su gracia dando libertad y salvación a Israel, y solo después revela su voluntad. Los mandamientos debían ser observados como una expresión de amor y gratitud por lo que Dios había hecho por ellos.
La palabra clave con la que Dios resume el Decálogo es «amor» (Rom. 13: 10). El mandamiento más importante es el del amor, que se expresa de dos maneras: amor a Dios (Deut. 6: 5) y amor al prójimo (Lev. 19: 18).
En los cuatro primeros mandamientos, el Decálogo interpreta lo que significa amar a Dios; en los seis siguientes, la Ley interpreta lo que significa amar al prójimo. El Decálogo comienza con el deber de honrar a Dios por encima de todo (amor vertical) y continúa con el respeto a los demás (amor horizontal):
Honrar y venerar a Dios concediéndole el primer y más elevado lugar en cada situación de nuestra vida.
Honrar y preservar la posición única de Dios y no sustituirlo por un ídolo de cualquier índole, ya sea físico, simbólico o espiritual. Nuestros afectos más puros pertenecen al Señor.
Reverenciar el nombre de Dios, su reputación y su carácter.
Honrar su día de descanso y adoración: el séptimo día semanal, el sábado.
Respetar a los padres.
Respetar la vida.
Respetar el matrimonio.
Respetar la propiedad de las personas.
Respetar la reputación de los demás.
Respetarnos a nosotros mismos para que ningún deseo egoísta manche nuestro carácter.
Como dijo el propio Jesús: «Si me aman, guardarán mis mandamientos» (Juan 14: 15; ver también 1 Juan 4: 20, 21). Por lo tanto, la verdadera obediencia no es más que una expresión de amor y gratitud hacia Jesús, un amor que se expresa con mayor intensidad en la manera en que tratamos a nuestro prójimo.
Miercoles 20 de agosto
Diferentes funciones de la ley de Dios
La Ley de Dios revela su carácter; es decir, quién es él. Puesto que Dios es santo, justo y bueno, su Ley también lo es. Pablo confirma esto cuando dice: «La ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno» (Rom. 7: 12).
La Biblia presenta la Ley de Dios de forma muy positiva (Mat. 5: 17, 18; Juan 14: 15; 1 Cor. 7: 19). Es posible crear poemas acerca de ella (como Sal. 119), entonar cánticos acerca de la Ley (Sal. 19), y meditar en ella día y noche (Sal. 1: 2; Jos. 1: 8). La Ley ayuda a alejarse del mal, y da sabiduría, entendimiento, salud, prosperidad y paz (Deut. 4: 1-6; Prov. 2-3).
La Ley de Dios es como una valla que crea un amplio espacio de libertad para la vida y que advierte que los peligros, los problemas, las complicaciones e incluso la muerte acechan más allá de sus límites (Gén. 2: 16, 17; Sant. 2: 12).
La Ley es también como una señal indicadora que señala a Jesús, quien perdona nuestros pecados y transforma nuestra vida (2 Cor. 5: 17; 1 Juan 1: 7-9). De este modo, nos conduce como si fuera un tutor (paidagogos, en griego) hacia Cristo (Gál. 3: 24).
Lee Santiago 1: 23 al 25. ¿Cómo nos ayudan estas palabras a percibir la función y la importancia de la Ley, aunque ella no pueda salvarnos?
Un espejo puede revelar defectos, pero no puede hacer que desaparezcan. El espejo señala los problemas, pero no ofrece ninguna solución para ellos. Lo mismo ocurre con la Ley de Dios. Intentar justificarse ante Dios cumpliendo la Ley sería como mirarse al espejo con la esperanza de que, tarde o temprano, este hará desaparecer una mancha del rostro.
Puesto que somos salvados por medio de nuestra fe, no por las obras, ni siquiera las de la Ley, algunos cristianos afirman que esta fue abolida y que ya no tenemos que obedecerla. Eso es un grave error de interpretación de la relación entre la Ley y el evangelio en vista de la siguiente afirmación de Pablo: «Yo no hubiera conocido el pecado sino por medio de la ley» (Rom. 7: 7). La existencia de la Ley es precisamente la razón por la que necesitamos el evangelio.
¿Cuán exitosos han sido tus intentos de obedecer la Ley de Dios? ¿Lo suficiente como para basar tu salvación en ella? Si no es así, ¿por qué necesitas el evangelio?
Jueves 21 de agosto
La ley como promesa de Dios
Lee Romanos 3: 20 al 24. Pablo dice claramente que no podemos salvarnos por guardar los Diez Mandamientos. ¿Cuál debería ser entonces el papel de los mandamientos en nuestra vida?
El término hebreo debarim (plural de dabar), utilizado en los escritos de Moisés para describir los Diez Mandamientos (Éxo. 34: 28; Deut. 4: 13; 10: 4), no significa literalmente «mandamientos», sino «palabras», y puede también significar «promesas». Por eso dabar es traducido en numerosos lugares como un sustantivo o como un verbo que expresa la idea de promesa (1 Rey. 8: 56; 2 Crón. 1: 9; Neh. 5: 12, 13; Deut. 1: 11; 6: 3; 9: 28; Jos. 9: 21; 22: 4; 23: 5).
Elena G. de White coincide con esa función del Decálogo: «Los Diez Mandamientos [...] son diez promesas» (Comentarios de Elena G. de White, Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 1, p. 1119). Los Diez Mandamientos deben entenderse como promesas de Dios destinadas a guiarnos por el camino correcto para que él pueda hacer cosas maravillosas en nuestro favor siempre que le seamos obedientes.
Lee Romanos 10: 4. ¿Cómo debemos entender la afirmación de Pablo de que Cristo es el «fin» (RV95, en griego, telos) de la Ley?
Pablo afirma que Jesucristo es el telos de la Ley, pero no en el sentido de que Cristo abrogó o eliminó la Ley. A diferencia de ello, la palabra en cuestión significa que Cristo es el objetivo y la intención de la Ley; su sacrificio expiatorio no anula su validez ni su permanencia.
Por el contrario, Pablo habla de la importancia, legitimidad y autoridad perdurable de la Ley (Rom. 3: 31; 1 Cor. 7: 19; Gál. 5: 6). La palabra telos tiene que ver principalmente con fines y metas, no con el tiempo y la caducidad de algo. Cristo es la clave para desentrañar el verdadero significado, propósito, meta y razón de ser de la Ley de Dios. He allí el sentido de telos. Por lo tanto, sería incorrecto afirmar que Cristo invalidó, sustituyó o abrogó la Ley. Cristo es el objetivo de la Ley, aquel a quien ella apunta o señala.
¿De qué manera señala la Ley a Jesús? Es decir, ¿qué nos revela la ley sobre nosotros mismos que nos lleva a reconocer nuestra necesidad de Cristo?
Viernes 22 de agosto
Para estudiar y meditar
Lee los capítulos titulados «La ley dada a Israel» y «La enemistad de Satanás hacia la Ley» en el libro Patriarcas y profetas, de Elena G. de White, pp. 275-286 y 301-312 respectivamente.
«Dios se propuso hacer de la ocasión en que iba a pronunciar su Ley una escena de imponente grandeza, en consonancia con el exaltado carácter de esa ley. El pueblo debía comprender que todo lo relacionado con el servicio a Dios debe considerarse con gran reverencia» (Elena G. de White, Patriarcas y profetas, p. 276).
Este principio de reverencia sigue siendo válido hoy. Brota de la comprensión de la grandeza, la trascendencia y la majestad de Dios. Apreciar la gloria de Dios crea gratitud en nuestros corazones y humilla nuestro orgullo. Cuanto más de cerca veamos la santidad de Dios, más imperfecciones discerniremos en nuestra vida, lo que nos llevará a tener aún más sed de su presencia transformadora y a desear parecernos más a él.
Además, ser conscientes de nuestra condición en contraste con él y con su santa Ley nos hace totalmente dependientes de la muerte sustitutiva de Cristo en nuestro favor.
Al mismo tiempo, Jesús dejó claro que, si aceptamos humildemente a Dios como nuestro Señor y Rey, no es difícil obedecer sus mandamientos (Mat. 11: 28-30). Cristo dejó claro que la Ley divina tiene validez permanente (Mat. 5: 17-20). Cuando obedecemos las leyes de Dios por amor y gratitud a él a causa de la salvación que nos ha concedido gratuitamente, podemos experimentar la plenitud de una relación salvadora con él. Mientras disfrutamos de las grandes ventajas de obedecer la Ley (en vista del dolor y las dificultades que acarrea violarla), también podemos disfrutar de la seguridad de saber que nuestra salvación se encuentra en Jesús, no en nuestro cumplimiento de la Ley.
Preguntas para dialogar:
La preparación para recibir la Ley ayudó al pueblo a comprender el sentido de reverencia que necesitaban. ¿Dónde existe hoy un sentido similar de reverencia y respeto hacia Dios en nuestra iglesia y en nuestra vida eclesial? ¿O lo hemos ido perdiendo de alguna manera?
Medita en la siguiente fórmula de pacto: «Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo». ¿Qué significa esto para nosotros hoy y cómo debería ponerse de manifiesto tanto individual como corporativamente?
Dios siempre nos capacita para que podamos hacer lo que requiere de nosotros. Elena G. de White afirma que «todos sus mandatos son habilitaciones» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 272). ¿Cómo podemos poner en práctica esta promesa (dabar)?
¿Cómo debemos responder al argumento tan comúnmente escuchado según el cual la Ley fue abolida en la cruz? ¿A qué mandamiento del Decálogo apuntan en realidad quienes hacen esa afirmación?
"Escuela Sabática adultos 2026, PRIMER trimestre (ENERO-MARZO). Estudio: Uniendo el cielo y la tierra, por Clinton Wahlen.."

Uniendo el Cielo y la Tierra
El Plan de Salvación tiene un propósito extraordinario: unir el Cielo y la Tierra, una tarea que parece humanamente imposible. Sin embargo, Jesús confió misiones así a sus discípulos y a Pablo, asegurándoles siempre su presencia y poder para cumplirlas. La Biblia muestra que Dios nunca encomienda una misión sin otorgar la capacidad para llevarla a cabo cuando confiamos en Él.
Las epístolas de Pablo a Filipenses y Colosenses revelan a Cristo como el único capaz de unir lo divino y lo humano. A través de estas cartas, vemos a Jesús como Redentor e Intercesor, y a Pablo enfrentando grandes desafíos desde la prisión, fortaleciendo a la iglesia y llamándola a mantenerse unida y enfocada en su misión.
Este estudio invita a la iglesia actual a depender de Cristo, a vivir conectada con el Cielo y a cumplir fielmente su misión en el tiempo final, proclamando el mensaje del evangelio al mundo.
Lección 11:
Para el 14 de marzo de 2026
VIVIR CON CRISTO
Sábado 7 de marzo
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Colosenses 3:1–17; Romanos 1:18; 6:1–7; Efesios 4:22–24; Deuteronomio 7:6–8; 1 Samuel 16:23. PARA MEMORIZAR: “Y sobre todo, vístanse de amor, que es el vínculo de la perfección” (Col. 3:14).
Es muy común la idea de que las personas demasiado espirituales corren el peligro de vivir desconectadas de la realidad. Si bien eso puede tener cierto sentido, Pablo destaca un concepto igualmente importante en Colosenses 3: Si tenemos una mentalidad demasiado terrenal, no seremos de utilidad celestial para el Señor. Pablo señala muchos principios prácticos y reales que nacen del Cielo, y que solo pueden entender quienes han “resucitado con Cristo” (Col. 3:1).
Los consejos del apóstol son principios muy prácticos que mejorarán todas nuestras relaciones, no solo las del ámbito de la iglesia. Jesús dijo: “Pero yo les digo: ‘Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, hagan bien a los que los aborrecen, y oren por los que los maltratan y persiguen. Para que sean hijos de su Padre celestial, que envía su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mat. 5:44, 45).
Eso suena imposible y lo es, humanamente hablando. Necesitamos morir al yo antes de poder vivir realmente para Dios. Por eso, debemos tener una mentalidad celestial si esperamos ser de alguna utilidad terrenal para nuestro Padre celestial. Esta semana veremos cómo el hecho de vivir con Cristo puede marcar la diferencia, ahora y en la Eternidad. Estrategias y herramientas.
Domingo 8 de marzo
MENTALIDAD CELESTIAL
Lee Colosenses 3:1-4. ¿Qué condición es necesaria para tener una mentalidad celestial? Desde la cima de una montaña es posible contemplar el vasto paisaje circundante. Las montañas han sido frecuentadas desde tiempos inmemoriales por quienes procuran una experiencia más cercana con Dios (ver Sal. 121:1, 2). Incluso los paganos construían montañas artificiales llamadas zigurats, para reunirse allí con sus dioses. Curiosamente, la ciudad de Ur, que Abram fue llamado a abandonar, tenía un gran zigurat visible desde varios kilómetros a la redonda. Pero la altura no acerca a nadie al Cielo en un sentido espiritual. El esfuerzo humano no es suficiente para ello. Solo es posible acercarse al Cielo en virtud del milagro de la gracia, por el cual morimos y resucitamos con Cristo (figuradamente, mediante el bautismo [Col. 2:12, 13]).
Nótese que desde el principio de Colosenses 3 se insiste repetidamente en lo que está arriba, es decir, lo que hay en el Cielo: “Las cosas de arriba”, “donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”, “con él en gloria” (Col. 3:1-4). Ciertamente hay muchas cosas en la vida cristiana que no tienen explicación. ¿Cómo puede alguien “morir” y “resucitar” sin haber dejado de existir literalmente? Hay muchas cosas que no tienen sentido para la mente natural, que no está dirigida por el Espíritu Santo. Pero la muerte al pecado y la resurrección con Cristo son realidades genuinas para quienes tienen una mente espiritual porque han recibido el nuevo corazón prometido por Dios. Como afirma un conocido himno: “¿Me preguntas cómo sé que él vive? Porque vive dentro de mi corazón”. No obstante, Pablo prescribe estos mandamientos porque existe una necesidad constante de que la vida espiritual sea renovada (ver 2 Cor. 4:16). En efecto, podemos caer y perder la salvación, y nunca estamos libres de la tentación en esta vida.
Por lo tanto, debemos optar cada día por buscar “las cosas de arriba” (Col. 3:1). Nuestra vida eterna está a salvo, “escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3), pero la expresión externa de esa vida estará lejos de ser escondida. ¿Dónde están normalmente tus pensamientos: arriba o abajo? Si están abajo, ¿cómo puedes cambiar su ubicación?
Lunes 9 de marzo
ACABEMOS CON LO TERRENAL
Actualmente se escuchan muchos eslóganes: “¡Acabemos con la guerra!” “¡Acabemos con la deforestación!” “¡Acabemos con las armas nucleares!” Pero uno que probablemente nunca hayamos oído es “¡Acabemos con lo terrenal!” Eso simplemente no armoniza con la sensibilidad de nuestro mundo. El problema de la mayoría de los eslóganes no es que propician algo incorrecto, sino que son demasiado acotados o estrechos de miras desde la perspectiva de la Eternidad. Nuestro enfoque debe ser eternamente más elevado. Lee Colosenses 3:5, 6 (ver también Rom. 6:1-7). ¿Cómo experimentamos lo que significa estar muertos al yo y a lo terrenal y vivos para “las cosas de arriba” (Col. 3:1)? Aunque espiritualmente hemos muerto con Cristo, nuestros “miembros”, es decir, las tentaciones que nos presentan nuestro cuerpo y nuestra mente, necesitan morir.
No obstante, debemos tener presentes dos cosas en relación con este mandato. En primer lugar, la forma griega que utiliza Pablo en Colosenses 3:1 supone que hemos resucitado con Cristo. En segundo lugar, la expresión “por tanto” indica que el mandato de Colosenses 3:5 es una consecuencia de ese hecho. Podemos dar muerte a las cosas terrenales (fornicación, impureza, pasiones, malos deseos, codicia, etc.) solo porque hemos resucitado con Cristo y disponemos de su vida espiritual y su poder para eliminar estas cosas de nuestras mentes y vidas. La frase griega traducida como “la ira de Dios” solo aparece en Colosenses 3:6 y en Romanos 1:18. Dios “entrega” a las personas a sus propios caminos perversos, en el sentido de que respeta su libertad de elección, y como resultado “viene” o se manifiesta su ira (ver Apoc. 6:16, 17) “sobre los desobedientes” (Col. 3:6). En Romanos 1:18, Pablo se refiere a “la impiedad y la injusticia”.
Luego, en Romanos 1:24, equipara la “inmundicia” (usa la misma palabra griega que se encuentra en Col. 3:5) específicamente con las personas que satisfacen “la concupiscencia de sus corazones, de modo que deshonraron sus propios cuerpos entre sí mismos”. ¿En qué sentido deshonran sus cuerpos? En primer lugar, porque se niegan a reconocer al Creador, pero también a causa de “pasiones vergonzosas”. “Aun sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza. De igual modo también los hombres, dejando la relación natural con la mujer, se encendieron en sus malos deseos los unos con los otros, cometiendo infamias hombres con hombres” (Rom. 1:26, 27). ¿Qué significa la expresión “hagan morir en ustedes lo terrenal” (Col. 3:5)?
Martes 10 de marzo
RENOVACIÓN EN EL CONOCIMIENTO
Lee Colosenses 3:6-11. ¿Cómo continúa Pablo su exposición? Las palabras iniciales de Colosenses 3:8 (“pero ahora”) señalan el cambio dramático y decisivo que conduce de la muerte a la vida. La palabra “ahora” está expresada de manera enfática en griego. Ahora, es decir, puesto que han resucitado con Cristo y buscan las cosas de arriba, la vida presente de ustedes debe mostrar un marcado contraste con su vida anterior. Habiendo hecho morir “lo terrenal” “en ustedes” (Col. 3:5), “ahora, dejen también ustedes todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, palabras groseras” (Col. 3:8). Tanto la ira como el enojo pueden describir la justa respuesta de Dios al pecado (tema tratado ayer), al igual que la de Jesús (Mar. 3:5; Apoc. 6:16). Por el contrario, se exhorta a cada uno a ser “rápido para escuchar, lento para hablar, lento para enojarse, porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Sant. 1:19, 20). La malicia desea la desgracia del otro. La maledicencia o calumnia tiene por objeto difamar.
Pablo también condena el lenguaje abusivo y obsceno. Por último, está prohibido mentirse unos a otros (Lev. 19:11, 18), “habiéndose despojado del viejo hombre con sus prácticas” (Col. 3:9). ¿Qué quiere decir Pablo cuando contrasta el “viejo hombre” con el “hombre nuevo”? Ver Romanos 6:6 y Efesios 4:22-24. Los verbos que Pablo emplea para esta transformación que conduce de lo viejo a lo nuevo aluden a la vestimenta, como si alguien se quitara sus prendas de vestir viejas y sucias para reemplazarlas por vestiduras nuevas e inmaculadas (comparar con Zac. 3:4). Una distinción similar entre lo viejo y lo nuevo se hace en relación con el Antiguo Pacto y el Nuevo, los cuales se caracterizan respectivamente por la letra externa de la Ley y por la ley que el Espíritu escribe en el corazón (2 Cor. 3:4-18). Estas metáforas describen la conversión y sus efectos, la “nueva creación” (2 Cor. 5:17).
Somos renovados “hasta el conocimiento pleno, conforme a la imagen de su Creador [Cristo]” (Col. 3:10), quien es la imagen del Dios invisible (Col. 1:15). El conocimiento de Cristo a través de su Palabra nos transforma “a su misma imagen, con siempre creciente gloria” (2 Cor. 3:18). Esto nos sitúa por encima de todas las fronteras étnicas, geográficas y sociales (Col. 3:11), porque somos ciudadanos de un reino superior. Lee Colosenses 3:11. ¿Qué nos dice acerca de la unidad que debemos tener en Cristo?
Miércoles 11 de marzo
EL CAR ÁCTER DE LA NUEVA VIDA
Tras describir las características negativas y los malos hábitos desechados cuando venimos a Cristo, Pablo se refiere a lo positivo, como si pasara de las tinieblas a la luz. Lee Colosenses 3:12-14. ¿Cómo son descritos los creyentes y cómo se relaciona esto con las cualidades con las que deben “vestirse”? Al igual que Israel, llamado por Dios a ser su pueblo especial y reflejar su carácter, los creyentes en Jesús son “los elegidos de Dios” (Col. 3:12), sus escogidos. Sin embargo, no todos están a la altura de este llamado. Como dijo Jesús: “Porque muchos son los llamados, y pocos los elegidos” (Mat. 22:14, comparar con Mat. 24:22, 24, 31). Las referencias de Pablo a los elegidos tienen un significado similar (Rom. 8:33; 2 Tim. 2:10). Además, al igual que con Israel, los creyentes son amados por Dios y “consagrados” (Deut. 7:6-8). Este privilegio conlleva una importante responsabilidad: “Para que anuncien las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Ped. 2:9).
Esa proclamación consiste en el testimonio de nuestra vida. Las ocho cualidades mencionadas por Pablo son una verdadera lista. “Entrañable compasión, benignidad, humildad, mansedumbre y tolerancia. Sopórtense y perdónense unos a otros” y “sobre todo [...] amor” (Col. 3:12-14). Estas cualidades solo pueden surgir de un corazón unido a Cristo, pues describen su carácter y la manera en que nos ha tratado. Debemos perdonar a los demás “de la manera que Cristo [nos] perdonó” (vers. 13). El amor es “el vínculo de la perfección” (vers. 14), pues su amor por nosotros nos une a él y nos permite amar verdaderamente a los demás (1 Juan 4:11, 12). Estas cualidades influyen en nuestras relaciones de dos maneras. En primer lugar, el hecho de mostrar amor, misericordia, bondad y perdón a los demás resulta una bendición tanto para nosotros como para ellos.
Amar a las personas y ser una bendición para ellas es algo muy gratificante. Normalmente, las personas nos responderán con amabilidad, y seguiremos disfrutando de la misericordia y el perdón de Dios (Mat. 5:7; 6:14). En segundo lugar, y más importante aún, una conducta tal glorifica a Dios y puede animar a otros a creer y seguir a Jesús, pues muestra el poder de la gracia divina. “Ninguna otra influencia que pueda rodear al alma humana ejerce tanto poder sobre ella como la de una vida abnegada. El argumento más poderoso en favor del evangelio es un cristiano amante y amable” (Elena de White, El ministerio de curación [Florida: ACES, 2008], pp. 372, 373). ¿Cuán bien representa a Jesús tu manera de tratar a los demás, especialmente a quienes son tal vez descorteses contigo?
Jueves 12 de marzo
VIVIENDO LA NUEVA VIDA
La preocupación de Pablo por la paz y la armonía en la iglesia se observa claramente en los últimos versículos de Colosenses 3. Ya hemos examinado con cierto detalle la paz de Dios (ver la lección 7). A diferencia de la pax romana (la paz romana), la pax Christi (la paz de Cristo) no es impuesta desde afuera, sino que debe “gobernarnos” desde nuestro interior (vers. 15). Eso solo puede suceder si Cristo tiene el control. Lee Colosenses 3:16, 17. ¿Qué es lo que permite a Cristo tener el control y qué papel desempeña la música en todo esto? El lenguaje usado en ese texto es muy descriptivo. Representa la palabra de Cristo que se instala en nosotros.
Eso ocurre cuando leemos la Biblia con atención para escuchar y aprender de la sabiduría de Dios. Al parecer, aunque el texto en griego es algo ambiguo, la música desempeña un papel importante en la instrucción y la exhortación mutuas (Col. 3:16). Pablo no se refiere a cualquier música, sino que utiliza una terminología muy específica, tanto aquí como en Efesios 5:19: “Salmos, himnos y canciones espirituales”. Aunque no es seguro, parece que aquí se hace una distinción entre los salmos del Antiguo Testamento y una creciente colección de himnos cristianos de la época del Nuevo Testamento. “Canciones espirituales” puede ser un término genérico usado como designación de cualquier canto de alabanza relacionado con la experiencia espiritual o la vida de la iglesia. Las palabras de esos cánticos eran el medio para comunicar la verdad e instruir acerca de cómo vivir la nueva vida de un cristiano.
Muchos grandes himnos de los últimos siglos contienen poderosos mensajes de esperanza y seguridad, tan necesarios en un mundo que pugna por arrastrarnos hacia abajo. La influencia de la música es poderosa. El rey Saúl se tranquilizaba cuando David tocaba el arpa (1 Sam. 16:23). Pero, cuando el rey sintió que David se convirtió en su rival, la ira y el resentimiento de aquel aumentaron (1 Sam. 18:10, 11). Se ha demostrado clínicamente que la música clásica serena reduce la ansiedad, optimiza el funcionamiento del cerebro, produce relajación, alivia el dolor y favorece la sociabilización. ¿Quién no ha experimentado la poderosa influencia positiva o negativa de la música en las emociones y los pensamientos? La música adecuada puede ser espiritualmente edificante. Se nos dice que hagamos todo “en el nombre del Señor Jesús” (Col. 3:17). ¿Haces eso? Si no es así, ¿cómo puedes lograrlo? Es decir, ¿qué debes dejar de hacer si no puedes hacerlo en el nombre del Señor?
Viernes 13 de marzo
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:
“Cuando el Espíritu de Dios domina la mente y el corazón, la persona convertida prorrumpe en una nueva canción; porque ha reconocido que la promesa de Dios ha sido cumplida en su experiencia; que su transgresión ha sido perdonada; su pecado, cubierto. Ha sentido arrepentimiento hacia Dios por la violación de su divina Ley, y fe hacia Cristo, quien murió por la justificación del hombre. Justificado ‘pues por la fe’ tiene ‘paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo’ (Rom. 5:1). “Pero, habiendo alcanzado esa experiencia, el cristiano no debe cruzarse de brazos conforme con lo que ha logrado. Aquel que está determinado a entrar en el reino espiritual encontrará que todos los poderes y las pasiones de la naturaleza no regenerada, respaldados por las fuerzas del reino de las tinieblas, están preparados para atacarlo.
Cada día debe renovar su consagración, cada día debe batallar contra el pecado. Los hábitos antiguos, las tendencias hereditarias hacia el mal, se disputarán el dominio, y contra ellos debe siempre velar, apoyándose en el poder de Cristo para obtener la victoria. […] “El poder de una vida más elevada, pura y noble es nuestra gran necesidad. El mundo abarca demasiado de nuestros pensamientos, y el Reino de los Cielos demasiado poco. “En sus esfuerzos por alcanzar el ideal de Dios, el cristiano no debería desesperarse de ningún empeño. A todos es prometida la perfección moral y espiritual por la gracia y el poder de Cristo. Él es el origen del poder, la fuente de la vida. Nos lleva a su Palabra, y del árbol de la vida nos presenta hojas para la sanidad de las almas enfermas de pecado. Nos guía hacia el trono de Dios, y pone en nuestra boca una oración por la cual somos traídos en estrecha relación con él. En nuestro favor pone en operación los todopoderosos agentes del Cielo. A cada paso sentimos su poder viviente” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, pp. 393, 394).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
1. ¿Has experimentado la justificación por la fe? ¿Cómo transformó tu vida? ¿Cómo se relaciona la promesa de la justificación por la fe con la experiencia simultánea de la “resurrección” “con Cristo” (Col. 3:1)?
2. ¿Qué significa para ti tener una mentalidad celestial? ¿Es más importante que hacer el bien terrenal? ¿Dónde está el equilibrio?
3. Piensa en la influencia que tu vida ejerce sobre los demás. Aunque tendemos a pensar en esto en el contexto de nuestra influencia individual, ¿cuál es nuestra influencia como iglesia? ¿Cómo influye tu iglesia local en la comunida.
