Tercer Trimestre 2026, preparado por la División Intereuropea de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. En esta sección encontrarás las historias misioneras oficiales que acompañan las lecciones de la Escuela Sabática durante los meses de julio, agosto y septiembre de 2026.
Conoce testimonios inspiradores, proyectos de evangelismo, experiencias de fe y el avance de la obra misionera en los países que conforman la División Intereuropea. Cada relato fortalece el compromiso con la misión mundial, motiva a orar por los campos misioneros y promueve el apoyo a través de las ofrendas misioneras de la Escuela Sabática.
Accede de forma gratuita al Informe Misionero Mundial Adultos 2026 (3.er Trimestre) en formato PDF y acompaña cada semana el estudio de la lección con historias reales de personas transformadas por el poder del evangelio. Este recurso es ideal para maestros de Escuela Sabática, líderes de iglesia, estudiantes de la Biblia y todos aquellos que desean conocer cómo Dios continúa obrando alrededor del mundo mediante la misión adventista.
El pacto en el Sinaí
Lee para el estudio de esta semana
Éxodo 19: 1–20: 17; Apocalipsis 21: 3; Deuteronomio 5: 6–21; Santiago 1: 23–25; Romanos 3: 20–24; Romanos 10: 4.
Para memorizar
«Ustedes vieron lo que hice a los egipcios, y cómo los tomé sobre alas de águila, y los he traído a mí. Ahora pues, si en verdad escuchan mi voz y guardan mi pacto, ustedes serán mi especial tesoro entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Y ustedes serán mi reino de sacerdotes y gente santa» (Éxo. 19: 4–6).
¿Hacia dónde condujo Dios a Israel después de liberarlo de Egipto? ¿A la Tierra Prometida? Aunque esa respuesta geográficamente sea correcta, es teológicamente errónea. Dios mismo responde la pregunta de la siguiente manera: «Ustedes vieron lo que hice a los egipcios, y cómo los tomé sobre alas de águila, y los he traído a mí» (Éxo. 19: 4). Por lo tanto, la respuesta bíblico-teológica a la pregunta revela la prioridad y el objetivo de Dios: el Señor los condujo a él.
Cuando los seres humanos se alejan de Dios, él los busca y los llama a volver a él. El mejor modelo de esta profunda verdad está en el Jardín del Edén, cuando Adán y Eva pecaron contra Dios al desobedecer su mandato y se escondieron de él. Él tomó la iniciativa y llamó a Adán: «¿Dónde estás?» (Gén. 3: 9). Él siempre da el primer paso. Jesús lo afirma con elocuencia:
«Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo les daré descanso. Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma» (Mat. 11: 28, 29).
Dios nos llama a todos. Nuestro destino eterno depende de nuestra respuesta.
Domingo 17 de agosto
En el monte Sinaí
Lee Éxodo 19: 1 al 8. ¿Qué prometió Dios a su pueblo al pie del monte Sinaí?
Dios condujo a los israelitas al monte Sinaí, donde pronto les entregaría el Decálogo, los Diez Mandamientos.
Se desconoce el lugar exacto, pero algunos estudiosos piensan que probablemente Jebel Musa, un monte de 2.285 metros de altura, en la península del Sinaí, es el lugar donde Moisés se encontró con Dios varias veces (por ejemplo, Éxo. 3: 1; 19: 2; 24: 18) y donde Elías se encontró con el Señor años más tarde (1 Rey. 19: 8), la misma montaña donde Dios llamó a Moisés para que sacara a Israel de Egipto (Éxo. 3: 1, 10). En aquel momento, el Señor anunció a Moisés que este adoraría a Dios en ese mismo lugar junto con el Israel liberado, lo cual serviría como señal de que el Dios de Abraham, Isaac y Jacob los estaba guiando (Éxo. 3: 12).
Tras dos meses de viaje, los israelitas llegaron al Sinaí (Éxo. 19: 1), donde permanecerían aproximadamente un año (comparar Éxo. 19: 1 con Núm. 10: 11, 12). Durante este año recibieron de Dios muchas leyes, como se describe en Éxodo 19 al 40; Levítico 1 al 27 y Números 1: 1 a 10: 10. La permanencia de Israel en el monte Sinaí es la pieza central de la narración contenida en el Pentateuco. Es allí donde se sientan las bases para que Israel sea el pueblo elegido de Dios, la única nación no sumida en el paganismo y la idolatría.
Dios toma la iniciativa y establece el pacto entre él e Israel. Promete hacer de este un tesoro especial, un reino de sacerdotes, un pueblo santo, si sus integrantes le son obedientes y se mantienen en estrecha relación con él.
Ser un pueblo santo significa dedicarse a Dios y revelar su carácter a los demás, especialmente a las naciones de su entorno. También fueron llamados a funcionar como un reino de sacerdotes que conectarían a otras personas con Dios, guiándolas hacia él y enseñándoles sus caminos y sus leyes. Ellos debían ser el tesoro especial de Dios, pues el Señor quería hacer de Israel su canal para iluminar al mundo con el conocimiento acerca de él y de su carácter.
Este pacto constituyó el establecimiento legal de una relación entre Dios y su pueblo. La fórmula general del pacto, que varía ligeramente en los distintos textos, es: «Los haré mi pueblo y seré su Dios» (ver Éxo. 6: 7; Lev. 26: 12; Jer. 24: 7; 31: 33; Heb. 8: 10; Apoc. 21: 3).
¡Imagina ser el «tesoro especial» de Dios! ¿Qué privilegios especiales implicaría eso? ¿Qué responsabilidades especiales tendrías?
Lunes 18 de agosto
La preparación para recibir el don
Lee Éxodo 19: 9 al 25. ¿Cómo preparó Dios a Israel para recibir los Diez Mandamientos?
Dios dio instrucciones específicas acerca de cómo debían prepararse los israelitas para la entrega de la Ley en el Sinaí. Su pureza externa debía reflejar su total dedicación a Dios. Tenían que estar preparados para la espléndida manifestación de la gloria del Señor que estaba a punto de ocurrir. Cuando llegó, vino acompañada de «truenos y relámpagos, y una espesa nube sobre el monte. Y un penetrante sonido de trompeta estremeció a todo el pueblo que estaba en el campamento» (Éxo. 19: 16).
El Decálogo, los Diez Mandamientos, es el corazón de la revelación de Dios y de la ética bíblica. Constituye el fundamento de las normas divinas para toda la humanidad. Sus principios son eternos y universales.
Según el relato bíblico, el Decálogo fue anunciado por Dios (Éxo. 19: 19; 20: 1; Deut. 5: 4, 5, 24), y fue escrito por él mismo (Éxo. 24: 12; 31: 18; Deut. 5: 22). En dos ocasiones fue entregado a Moisés como un regalo especial (Éxo. 32: 19; 34: 1; Deut. 10: 1, 2).
En Éxodo, el Decálogo es llamado «el testimonio» (hebreo: ‘edut; Éxo. 31: 18), o «las palabras del pacto» (hebreo: dibre habberit; Éxo. 34: 28). En el libro de Deuteronomio, esas palabras son escritas en «las tablas del pacto» (Deut. 9: 9, 11, 15). Ninguno de los dos libros utiliza la expresión hebrea que significa «mandamientos» (mitzvot), sino que en tres ocasiones son designados como «las diez palabras», ‘aseret haddebarim, de dabar, que significa «palabra, sentencia, asunto, discurso, historia, promesa, pronunciamiento» (Ver Éxo. 34: 28; Deut. 4: 13; 10: 4).
Existen dos versiones del Decálogo con muy ligeras diferencias. La primera se encuentra en Éxodo 20: 1 al 17 y la segunda en Deuteronomio 5: 6 al 21. La segunda versión fue presentada oralmente por Moisés a Israel casi cuarenta años después del Sinaí, justo antes de que el pueblo entrara en la Tierra Prometida (Deut. 1: 3, 4; 4: 44-47). Estas circunstancias explican las ligeras diferencias entre ambas versiones.
Cuando Pablo dijo que el amor es el resumen de la Ley, citó el Decálogo (Rom. 13: 8-10). El amor es, en efecto, la suma de la Ley de Dios, porque él es un Dios de amor (1 Juan 4: 16).
¿Cómo entiendes la idea de los Diez Mandamientos como expresión del amor de Dios? ¿Qué significa eso? ¿Cómo se revela en ellos el amor de Dios?
Martes 19 de agosto
El don del decálogo
Lee Éxodo 20: 1 al 17. ¿Cuáles son los principios expresados en el Decálogo y cómo está organizado?
Nota que el Decálogo no comienza con los mandamientos, sino con la acción misericordiosa de Dios en favor de su pueblo: «Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de Egipto, de casa de servidumbre» (Éxo. 20: 2). El Señor muestra primero su gracia dando libertad y salvación a Israel, y solo después revela su voluntad. Los mandamientos debían ser observados como una expresión de amor y gratitud por lo que Dios había hecho por ellos.
La palabra clave con la que Dios resume el Decálogo es «amor» (Rom. 13: 10). El mandamiento más importante es el del amor, que se expresa de dos maneras: amor a Dios (Deut. 6: 5) y amor al prójimo (Lev. 19: 18).
En los cuatro primeros mandamientos, el Decálogo interpreta lo que significa amar a Dios; en los seis siguientes, la Ley interpreta lo que significa amar al prójimo. El Decálogo comienza con el deber de honrar a Dios por encima de todo (amor vertical) y continúa con el respeto a los demás (amor horizontal):
Honrar y venerar a Dios concediéndole el primer y más elevado lugar en cada situación de nuestra vida.
Honrar y preservar la posición única de Dios y no sustituirlo por un ídolo de cualquier índole, ya sea físico, simbólico o espiritual. Nuestros afectos más puros pertenecen al Señor.
Reverenciar el nombre de Dios, su reputación y su carácter.
Honrar su día de descanso y adoración: el séptimo día semanal, el sábado.
Respetar a los padres.
Respetar la vida.
Respetar el matrimonio.
Respetar la propiedad de las personas.
Respetar la reputación de los demás.
Respetarnos a nosotros mismos para que ningún deseo egoísta manche nuestro carácter.
Como dijo el propio Jesús: «Si me aman, guardarán mis mandamientos» (Juan 14: 15; ver también 1 Juan 4: 20, 21). Por lo tanto, la verdadera obediencia no es más que una expresión de amor y gratitud hacia Jesús, un amor que se expresa con mayor intensidad en la manera en que tratamos a nuestro prójimo.
Miercoles 20 de agosto
Diferentes funciones de la ley de Dios
La Ley de Dios revela su carácter; es decir, quién es él. Puesto que Dios es santo, justo y bueno, su Ley también lo es. Pablo confirma esto cuando dice: «La ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno» (Rom. 7: 12).
La Biblia presenta la Ley de Dios de forma muy positiva (Mat. 5: 17, 18; Juan 14: 15; 1 Cor. 7: 19). Es posible crear poemas acerca de ella (como Sal. 119), entonar cánticos acerca de la Ley (Sal. 19), y meditar en ella día y noche (Sal. 1: 2; Jos. 1: 8). La Ley ayuda a alejarse del mal, y da sabiduría, entendimiento, salud, prosperidad y paz (Deut. 4: 1-6; Prov. 2-3).
La Ley de Dios es como una valla que crea un amplio espacio de libertad para la vida y que advierte que los peligros, los problemas, las complicaciones e incluso la muerte acechan más allá de sus límites (Gén. 2: 16, 17; Sant. 2: 12).
La Ley es también como una señal indicadora que señala a Jesús, quien perdona nuestros pecados y transforma nuestra vida (2 Cor. 5: 17; 1 Juan 1: 7-9). De este modo, nos conduce como si fuera un tutor (paidagogos, en griego) hacia Cristo (Gál. 3: 24).
Lee Santiago 1: 23 al 25. ¿Cómo nos ayudan estas palabras a percibir la función y la importancia de la Ley, aunque ella no pueda salvarnos?
Un espejo puede revelar defectos, pero no puede hacer que desaparezcan. El espejo señala los problemas, pero no ofrece ninguna solución para ellos. Lo mismo ocurre con la Ley de Dios. Intentar justificarse ante Dios cumpliendo la Ley sería como mirarse al espejo con la esperanza de que, tarde o temprano, este hará desaparecer una mancha del rostro.
Puesto que somos salvados por medio de nuestra fe, no por las obras, ni siquiera las de la Ley, algunos cristianos afirman que esta fue abolida y que ya no tenemos que obedecerla. Eso es un grave error de interpretación de la relación entre la Ley y el evangelio en vista de la siguiente afirmación de Pablo: «Yo no hubiera conocido el pecado sino por medio de la ley» (Rom. 7: 7). La existencia de la Ley es precisamente la razón por la que necesitamos el evangelio.
¿Cuán exitosos han sido tus intentos de obedecer la Ley de Dios? ¿Lo suficiente como para basar tu salvación en ella? Si no es así, ¿por qué necesitas el evangelio?
Jueves 21 de agosto
La ley como promesa de Dios
Lee Romanos 3: 20 al 24. Pablo dice claramente que no podemos salvarnos por guardar los Diez Mandamientos. ¿Cuál debería ser entonces el papel de los mandamientos en nuestra vida?
El término hebreo debarim (plural de dabar), utilizado en los escritos de Moisés para describir los Diez Mandamientos (Éxo. 34: 28; Deut. 4: 13; 10: 4), no significa literalmente «mandamientos», sino «palabras», y puede también significar «promesas». Por eso dabar es traducido en numerosos lugares como un sustantivo o como un verbo que expresa la idea de promesa (1 Rey. 8: 56; 2 Crón. 1: 9; Neh. 5: 12, 13; Deut. 1: 11; 6: 3; 9: 28; Jos. 9: 21; 22: 4; 23: 5).
Elena G. de White coincide con esa función del Decálogo: «Los Diez Mandamientos [...] son diez promesas» (Comentarios de Elena G. de White, Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 1, p. 1119). Los Diez Mandamientos deben entenderse como promesas de Dios destinadas a guiarnos por el camino correcto para que él pueda hacer cosas maravillosas en nuestro favor siempre que le seamos obedientes.
Lee Romanos 10: 4. ¿Cómo debemos entender la afirmación de Pablo de que Cristo es el «fin» (RV95, en griego, telos) de la Ley?
Pablo afirma que Jesucristo es el telos de la Ley, pero no en el sentido de que Cristo abrogó o eliminó la Ley. A diferencia de ello, la palabra en cuestión significa que Cristo es el objetivo y la intención de la Ley; su sacrificio expiatorio no anula su validez ni su permanencia.
Por el contrario, Pablo habla de la importancia, legitimidad y autoridad perdurable de la Ley (Rom. 3: 31; 1 Cor. 7: 19; Gál. 5: 6). La palabra telos tiene que ver principalmente con fines y metas, no con el tiempo y la caducidad de algo. Cristo es la clave para desentrañar el verdadero significado, propósito, meta y razón de ser de la Ley de Dios. He allí el sentido de telos. Por lo tanto, sería incorrecto afirmar que Cristo invalidó, sustituyó o abrogó la Ley. Cristo es el objetivo de la Ley, aquel a quien ella apunta o señala.
¿De qué manera señala la Ley a Jesús? Es decir, ¿qué nos revela la ley sobre nosotros mismos que nos lleva a reconocer nuestra necesidad de Cristo?
Viernes 22 de agosto
Para estudiar y meditar
Lee los capítulos titulados «La ley dada a Israel» y «La enemistad de Satanás hacia la Ley» en el libro Patriarcas y profetas, de Elena G. de White, pp. 275-286 y 301-312 respectivamente.
«Dios se propuso hacer de la ocasión en que iba a pronunciar su Ley una escena de imponente grandeza, en consonancia con el exaltado carácter de esa ley. El pueblo debía comprender que todo lo relacionado con el servicio a Dios debe considerarse con gran reverencia» (Elena G. de White, Patriarcas y profetas, p. 276).
Este principio de reverencia sigue siendo válido hoy. Brota de la comprensión de la grandeza, la trascendencia y la majestad de Dios. Apreciar la gloria de Dios crea gratitud en nuestros corazones y humilla nuestro orgullo. Cuanto más de cerca veamos la santidad de Dios, más imperfecciones discerniremos en nuestra vida, lo que nos llevará a tener aún más sed de su presencia transformadora y a desear parecernos más a él.
Además, ser conscientes de nuestra condición en contraste con él y con su santa Ley nos hace totalmente dependientes de la muerte sustitutiva de Cristo en nuestro favor.
Al mismo tiempo, Jesús dejó claro que, si aceptamos humildemente a Dios como nuestro Señor y Rey, no es difícil obedecer sus mandamientos (Mat. 11: 28-30). Cristo dejó claro que la Ley divina tiene validez permanente (Mat. 5: 17-20). Cuando obedecemos las leyes de Dios por amor y gratitud a él a causa de la salvación que nos ha concedido gratuitamente, podemos experimentar la plenitud de una relación salvadora con él. Mientras disfrutamos de las grandes ventajas de obedecer la Ley (en vista del dolor y las dificultades que acarrea violarla), también podemos disfrutar de la seguridad de saber que nuestra salvación se encuentra en Jesús, no en nuestro cumplimiento de la Ley.
Preguntas para dialogar:
La preparación para recibir la Ley ayudó al pueblo a comprender el sentido de reverencia que necesitaban. ¿Dónde existe hoy un sentido similar de reverencia y respeto hacia Dios en nuestra iglesia y en nuestra vida eclesial? ¿O lo hemos ido perdiendo de alguna manera?
Medita en la siguiente fórmula de pacto: «Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo». ¿Qué significa esto para nosotros hoy y cómo debería ponerse de manifiesto tanto individual como corporativamente?
Dios siempre nos capacita para que podamos hacer lo que requiere de nosotros. Elena G. de White afirma que «todos sus mandatos son habilitaciones» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 272). ¿Cómo podemos poner en práctica esta promesa (dabar)?
¿Cómo debemos responder al argumento tan comúnmente escuchado según el cual la Ley fue abolida en la cruz? ¿A qué mandamiento del Decálogo apuntan en realidad quienes hacen esa afirmación?
"Escuela Sabática adultos 2026, cuarto trimestre (octubre - diciembre). Estudio: Don de Profesias

EL DON DE PROFECÍA
Una voz de Dios para un mundo que necesita dirección
Desde el principio, Dios ha buscado comunicarse con la humanidad. Aun después de que el pecado rompiera la comunión entre Dios y el ser humano, el Señor no abandonó a sus criaturas. Al contrario, continuó acercándose, revelando su voluntad, mostrando el camino de salvación y señalando constantemente hacia Jesucristo.
Los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad para escuchar y comprender el lenguaje. Desde los primeros meses de vida, nuestro cerebro está preparado para reconocer sonidos y aprender a comunicarnos. De manera semejante, Dios desea que sus criaturas puedan escuchar su voz y comprender su voluntad. A través de los siglos, Dios ha hablado «muchas veces y de muchas maneras» por medio de sus profetas, y finalmente nos habló por medio de su Hijo, Jesucristo.
En este trimestre estudiaremos el don de profecía, uno de los dones espirituales otorgados por el Espíritu Santo para comunicar el mensaje de Dios a su pueblo. Descubriremos por qué Dios utiliza a los profetas, cuál es su función dentro de la iglesia y cómo podemos reconocer si un mensaje profético procede realmente de Él.
La profecía no tiene como propósito despertar únicamente nuestra curiosidad sobre el futuro. Su propósito principal es revelar a Dios y su verdad, orientar a su pueblo, fortalecer a la iglesia, llamar al arrepentimiento y conducir al ser humano hacia Cristo.
A lo largo de las trece lecciones estudiaremos el llamado de los profetas, su ministerio, la revelación y la inspiración, los escritos proféticos y los principios necesarios para interpretarlos correctamente. También aprenderemos cómo poner a prueba los mensajes proféticos y comprender su autoridad, relevancia y aplicación para la iglesia.
📖 LAS 13 LECCIONES DEL TRIMESTRE
1. El Creador habla
26 de septiembre – 2 de octubre
Comenzaremos estudiando el deseo de Dios de comunicarse con sus criaturas y la manera en que el Creador ha hablado a la humanidad.
2. El llamado de un profeta
3 – 9 de octubre
Analizaremos cómo Dios llama a sus mensajeros, qué implica el ministerio profético y cuál es la responsabilidad de quienes reciben un mensaje de Dios.
3. Profetas del Antiguo Testamento
10 – 16 de octubre
Estudiaremos ejemplos de profetas del Antiguo Testamento y la manera en que Dios utilizó sus vidas y mensajes para guiar a su pueblo.
4. Profetas del Nuevo Testamento
17 – 23 de octubre
Veremos la presencia y función del don profético durante la época del Nuevo Testamento y su relación con la iglesia cristiana.
5. Revelación e inspiración
24 – 30 de octubre
Profundizaremos en conceptos fundamentales para comprender cómo Dios comunica sus mensajes y cómo estos llegan a sus mensajeros.
6. Los escritos proféticos
31 de octubre – 6 de noviembre
Analizaremos los escritos producidos por los profetas y la importancia de comprender correctamente su naturaleza y propósito.
7. ¡Escuchen esto!
7 – 13 de noviembre
Una invitación a prestar atención a los mensajes que Dios comunica y a reconocer la importancia de escuchar su Palabra.
8. Interpretación de los escritos proféticos
14 – 20 de noviembre
Estudiaremos principios que nos ayudarán a interpretar correctamente los mensajes proféticos, evitando conclusiones equivocadas o fuera de contexto.
9. Poniendo a prueba a los profetas
21 – 27 de noviembre
La Biblia presenta criterios para examinar los mensajes proféticos. En esta lección estudiaremos cómo evaluar la autenticidad de un profeta de acuerdo con las Escrituras.
10. Autoridad y relevancia proféticas
28 de noviembre – 4 de diciembre
Reflexionaremos sobre la autoridad de los mensajes proféticos y su relevancia para la vida espiritual y la misión de la iglesia.
11. Manifestación profética en momentos cruciales
5 – 11 de diciembre
Analizaremos cómo Dios ha utilizado el don profético en momentos decisivos de la historia para orientar, advertir y fortalecer a su pueblo.
12. Revelaciones proféticas del fin de los tiempos
12 – 18 de diciembre
Estudiaremos las profecías relacionadas con los acontecimientos finales y la esperanza que Dios presenta para su pueblo ante el cumplimiento de su plan.
13. Bendiciones de la palabra profética
19 – 25 de diciembre
Concluiremos el trimestre reflexionando sobre las bendiciones que recibimos cuando aceptamos, estudiamos y aplicamos correctamente la Palabra profética.
✨ UNA INVITACIÓN A ESCUCHAR LA VOZ DE DIOS
Este trimestre nos llevará desde el Creador que habla hasta las bendiciones de escuchar su Palabra profética. Aprenderemos que la profecía no es simplemente información acerca del futuro: es un medio mediante el cual Dios busca transformar el presente de sus hijos y conducirlos hacia una relación más profunda con Él.
Cada lección nos ayudará a comprender mejor cómo Dios ha hablado, cómo debemos examinar sus mensajes y cómo podemos aplicar sus enseñanzas a nuestra vida.
Estudiemos este trimestre con un corazón dispuesto a escuchar, una mente abierta para examinar las Escrituras y una vida preparada para obedecer la voz de Dios.
📅 Calendario del trimestre
LecciónTemaFecha
1El Creador habla26 sep – 2 oct
2El llamado de un profeta3 – 9 oct
3Profetas del Antiguo Testamento10 – 16 oct
4Profetas del Nuevo Testamento 17 – 23 oct
5Revelación e inspiración 24 – 30 oct
6Los escritos proféticos 31 oct – 6 nov
7¡Escuchen esto! 7 – 13 nov
8Interpretación de los escritos proféticos14 – 20 nov
9Poniendo a prueba a los PROFETAS 21– 27 nov
10Autoridad y relevancia proféticas 28 nov – 4 dic
11Manifestación profética en momentos cruciales 5 – 11 dic
12Revelaciones proféticas del fin de los tiempos 12 – 18 dic
13Bendiciones de la palabra profética 19 – 25 dic
Lección 5:
Para el 31 de octubre de 2026
REVELACIÓN E INSPIRACIÓN
Sábado 24 de octubre
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Hebreos 1:1-2; 2 Timoteo 3:15-17; 2 Pedro 1:18-21; Éxodo 17:14; Apocalipsis 1:19; Ezequiel 4:1-8.
PARA MEMORIZAR: «La revelación de Jesucristo, que Dios le dio para manifestar a sus siervos lo que debe suceder pronto; y la declaró mediante su ángel a su siervo Juan. Y Juan testifica de todo lo que vio, de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo» (Apoc. 1:1-2).
El apóstol Juan había formado parte del círculo íntimo de los doce discípulos (Luc. 8:51; Mat. 17:1; 26:36-37). Tras la ascensión de Cristo, continuó su ministerio en Jerusalén. Sin embargo, antes de la caída de la ciudad (70 d. C.), se trasladó a Éfeso para supervisar las iglesias de la provincia romana de Asia Menor. Durante la persecución cristiana bajo el emperador romano Domiciano, el apóstol fue exiliado a Patmos, una isla del mar Egeo. En Patmos, Juan recibió mensajes proféticos especiales que estaban dirigidos no solo a las siete iglesias de Asia Menor, sino a los cristianos de todas las épocas (Apoc. 1:1-3, 9-11).
La cadena de transmisión del mensaje profético, de la que Juan formaba parte, era la siguiente: Dios Padre a Jesucristo, Jesús al ángel, este al apóstol Juan, y Juan a los lectores y oyentes. Este es un ejemplo clásico del proceso de revelación e inspiración en el que Dios utiliza a los profetas para comunicar sus mensajes a la humanidad. La lección de esta semana examina específicamente el proceso multiforme de revelación e inspiración, con especial atención a las formas orales, escritas y representadas mediante las cuales el mensaje divino ha sido comunicado a los seres humanos.
Domingo 25 de octubre
REVELACIÓN GENERAL Y ESPECIAL
Lee Hebreos 1:1-2. ¿Por qué está Dios tan interesado en comunicarse con nosotros? ¿Qué nos está diciendo por medio de Jesús y de los profetas? El Creador del cosmos se comunica con nosotros porque somos seres humanos caídos en un mundo pecaminoso y nos enfrentamos a la muerte, el sufrimiento y las pruebas. Por lo tanto, Dios desea que sepamos por qué estamos aquí, por qué existe el mal y por qué podemos confiar en su amor a pesar de todo. La revelación general de Dios, tal como se aprecia en el mundo natural, habla elocuentemente de su poder infinito y su amor benevolente. El rey David exclamó: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Sal. 19:1).
El apóstol Pablo añadió: «Los atributos invisibles de Dios, su eterno poder y su divinidad se ven claramente desde la creación del mundo, y se entienden por las cosas que han sido creadas; de modo que no tienen excusa» (Rom. 1:20). También resulta asombroso reflexionar acerca del poder restaurador divino manifestado en los misteriosos procesos de nuestro mundo. De hecho, «el poder sanador de Dios se hace sentir en toda la naturaleza. Si se corta un árbol, si un ser humano se lastima o se rompe un hueso, la naturaleza empieza inmediatamente a reparar el daño. Aun antes de que exista la necesidad, están listos los elementos sanadores, y tan pronto como se lastima una parte, todas las energías se dedican a la obra de restauración» (Elena de White, La educación, p. 113).
Por muy hermoso e instructivo que pueda ser el mundo natural, no solo revela el poder y el amor de Dios, sino también la presencia del mal (ver Gén. 3:14-19; Mat. 13:24-30). Este mensaje ambiguo solo puede ser comprendido adecuadamente a la luz de la revelación especial de Dios, tanto en la persona de Jesucristo, el Verbo encarnado de Dios, como en la Biblia, la Palabra escrita de Dios que da testimonio de él (Juan 5:39).
Las Escrituras son el registro inspirado de los mensajes de Dios a todos los seres humanos a lo largo de los siglos. Ellas nos hablan de la creación del mundo, de la trágica caída, del asombroso plan divino de redención y de la restauración final del planeta Tierra. Por breves y selectivas que puedan ser algunas narraciones bíblicas, siempre son dignas de confianza, pues Dios es quien nos habla en ellas (ver 2 Tim. 3:16; 2 Ped. 1:19-21). Aunque la naturaleza señala sin duda a la realidad del poder y el amor del Creador, ¿por qué necesitamos tan desesperadamente la Palabra escrita? ¿Qué nos dice esta que la naturaleza no puede comunicarnos?
Lunes 26 de octubre
EL PROCESO DE LA INSPIRACIÓN
Son muchos los libros que han llegado hasta nosotros a través de los siglos además de la Biblia. Sin embargo, consideramos que esta es la Palabra de Dios. ¿Qué la diferencia de otros escritos? Lee 2 Timoteo 3:15-17 y Santiago 1:17. ¿Qué mensaje importante debemos extraer de estos versículos? Existe cierto debate acerca de cuál es la mejor traducción de 2 Timoteo 3:16, pero la mayoría de las versiones de la Biblia vierten este pasaje de manera similar, enfatizando que toda la Biblia es de origen divino (2 Ped. 1:20-21).
Un comentarista bíblico afirma que «parece más probable que Pablo esté contemplando aquí las Escrituras en su conjunto, en el sentido de que todas ellas son útiles “para enseñar, reprender, enmendar e instruir en justicia”, en lugar de querer decir que cada pasaje bíblico es útil en esos aspectos» (George W. Knight III, The Pastoral Epistles: A Commentary on the Greek Text [Eerdmans, 1992], p. 445). La inspiración profética que dio origen a la Biblia consistió en la asistencia dada por el Espíritu Santo a los profetas genuinos para que pudieran comunicar de manera fidedigna los mensajes divinos. Esa ayuda estuvo presente no solo en el proceso de recepción de los mensajes, sino también en su comunicación clara y fiel a sus destinatarios.
Los mensajes de Dios llegaron por medio de visiones y sueños (Núm. 12:6; Isa. 6:1, 8). El Señor también utilizó testigos oculares (1 Juan 1:1-3), investigaciones históricas inspiradas por el Espíritu (Luc. 1:1-3) e impresiones divinas en la mente (2 Ped. 1:21). Independientemente de los medios utilizados por el Espíritu Santo, los profetas y autores bíblicos recibieron mensajes veraces y objetivos, no subjetivos, para los destinatarios. Esto significa que los mensajes de Dios no debían ser alterados ni distorsionados de ninguna manera por sus mensajeros, aunque usaran sus propias palabras para expresar esos mensajes. La comunicación de los mensajes proféticos a las audiencias originales podía ser oral (2 Ped. 1:19-21), escrita (Juan 20:30-31) o representada (Eze. 4:1-8).
Aunque quedan muchas preguntas acerca de cómo fue inspirada la Biblia o cómo funciona la inspiración en general, ¿por qué es tan importante confiar en la Escritura como la Palabra inspirada de Dios?
Martes 27 de octubre
MENSAJES ORALES
Lee 2 Pedro 1:18-21. ¿Qué garantía tenemos de que los mensajes orales transmitidos por los profetas de Dios eran tan inspirados y confiables como los escritos? Dios habló con Adán y Eva antes y después de la caída (Gén. 2:16-17; 3:9-19). En ambos casos, ellos entendieron perfectamente sus palabras. Su voz también se escuchó con claridad en el Sinaí (Éxo. 20:1-20), así como durante el bautismo y la transfiguración de Jesús (Mat. 3:17; 17:5). Podemos interpretar erróneamente lo que otras personas nos dicen, pero no hay equívocos ni engaños cuando Dios habla a alguien.
La Biblia afirma que Dios dijo a Moisés: «Yo soy el Señor (YHWH)» (Éxo. 6:2). Muchos escritores bíblicos reconocieron haber oído la voz de Dios cuando les habló. Este fue el caso, por ejemplo, de Isaías (Isa. 8:1, 11), Jeremías (Jer. 1:4, 9, 11) y Ezequiel (Eze. 3:16; 6:1). Cualquier intento de negar estas y otras afirmaciones similares significaría cuestionar la honestidad de los profetas y la credibilidad de la propia Biblia. Así como Dios habló a los profetas en un lenguaje humano inteligible, también lo hicieron ellos a sus respectivas audiencias. Por ejemplo, Noé fue un verdadero profeta de Dios y un fiel «pregonero de justicia» (2 Ped. 2:5).
Aunque no escribió ninguna parte de la Biblia, transmitió el mensaje de Dios oralmente a sus contemporáneos, y ese mensaje no fue menos inspirado que los escritos de los profetas canónicos. Varios otros profetas, entre ellos Natán, Elías, Eliseo y Juan el Bautista, no escribieron ninguna parte de la Biblia, sino que transmitieron sus mensajes oralmente. En cuanto a Jesús, el evangelio menciona solamente que durante su ministerio terrenal «empezó a escribir en el suelo con su dedo» (Juan 8:6). Eso es todo. No tenemos constancia de que haya escrito algo más. Pero enseñó y predicó oralmente «con autoridad» (Mat. 7:29).
Algunos de sus oyentes incluso confesaron: «Jamás hombre alguno habló como este hombre» (Juan 7:40, 46). Jesús fue principalmente un comunicador oral de los mensajes de Dios, pero estos no eran menos autoritativos o vinculantes por el hecho de que él no escribiera ningún libro de la Biblia. Es interesante que los escritos de algunos profetas de Dios no hayan sido incluidos en la Biblia. ¿Por qué esos profetas no canónicos tienen la misma autoridad que los canónicos?
Miércoles 28 de octubre
MENSAJES ESCRITOS
Algunos discursos famosos han tenido un profundo impacto en la vida de las personas e incluso han cambiado el curso de la historia. Si estos discursos no se hubieran registrado, las palabras se habrían desvanecido o distorsionado con el paso del tiempo. Por lo tanto, el hecho de poner por escrito los mensajes orales hace que perduren y permite su transmisión a lo largo del tiempo. Poco después de que los israelitas salieran de Egipto y derrotaran a los amalecitas, Dios ordenó a Moisés: «Escribe esto en un libro para memoria» (Éxo. 17:14). Comenzando con Moisés, quien escribió los primeros cinco libros de la Biblia, Job y el Salmo 90, el Espíritu Santo orientó a los profetas canónicos para que produjeran los escritos que ahora constituyen los 66 libros de la Biblia.
Lee Éxodo 17:14; Juan 20:30-31; 1 Corintios 10:11; y Apocalipsis 1:19. ¿Cuáles son algunas de las razones por las que Dios pidió a sus profetas que escribieran los mensajes que les comunicó? Los diversos libros de la Biblia reflejan el estilo literario y las habilidades de sus respectivos escritores. Como veremos en el estudio de la próxima semana, los matices personales y los diversos estilos de esos escritores no restan valor a sus mensajes, pues no hay «grados» de inspiración. Algunas partes de la Biblia son más relevantes y aplicables que otras para nuestra vida y nuestra fe hoy, pero eso no significa que unas sean más inspiradas que otras.
Los escritores de la Biblia registraron a veces por escrito, ya sea ellos mismos o mediante colaboradores de confianza, los mensajes inspirados que primero transmitieron oralmente. En el libro de Deuteronomio, Moisés puso por escrito los últimos discursos que dirigió a los israelitas. Los cuatro evangelios registran muchos de los sermones y enseñanzas de Jesús durante su ministerio terrenal. En algunos casos, los profetas citaron fuentes no inspiradas (Hech. 17:28; 1 Cor. 15:33; Tito 1:12) e incluso las palabras de Satanás (Gén. 3:1-5; Mat. 4:1-11).
Debemos recordar que, así como los profetas consignaron por escrito los sentimientos y los deseos de otras personas, también expresaron sus propias reacciones humanas (ver Dan. 8:27; Apoc. 22:8-9). Además, la Biblia describe muchos buenos ejemplos que deben ser imitados, pero también muchos otros que deben ser evitados (1 Cor. 10:1-11). Al leer la Biblia, debemos tener en cuenta que, aunque no está escrita en un lenguaje perfecto, transmite un mensaje infalible que resistirá el paso del tiempo.
Jueves 29 de octubre
REPRESENTACIONES, SÍMBOLOS Y PAR ÁBOLAS
La Biblia contiene una gran variedad de imágenes verbales y metáforas. Por ejemplo, todo el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento, con los altares patriarcales, el tabernáculo mosaico y el templo de Jerusalén, era una representación del sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz y de su sacerdocio celestial (Heb. 8:1-6). En las profecías de Daniel, los reinos y los poderes del mundo estaban representados por las diferentes partes de una gran imagen (Dan. 2:31-45), varios animales y cuernos (Dan. 7; 8) y dos reyes (Dan. 11). Figuras simbólicas similares aparecen también en el libro de Apocalipsis, como en el caso de las dos bestias del capítulo 13.
En sus enseñanzas, Jesús habló de sí mismo, por ejemplo, como el Pan de Vida (Juan 6:35, 41-58), la Luz del mundo (Juan 8:12; 9:5) y la Vid Verdadera (Juan 15:1-8). A su vez, ilustró la naturaleza y el crecimiento de su reino mediante la parábola del sembrador (Mat. 13:1-9, 18-23) y otras (Mat. 13:24-52, etc.). Lee Ezequiel 4:1-8. ¿Por qué los mensajes de Dios por medio de sus profetas no fueron comunicados solo verbalmente, sino que algunos de ellos fueron representados o actuados? En Ezequiel 4:1-8 aparece una vívida dramatización en la que Dios pidió al profeta que hiciera una maqueta de Jerusalén y que se acostara sobre su lado izquierdo durante 390 días como representación de la casa de Israel, y luego sobre su lado derecho durante 40 días representando a la casa de Judá.
Otro mensaje representado fue el matrimonio divinamente ordenado de Oseas con Gomer, una prostituta, como ilustración de la infidelidad espiritual de Israel para con Dios (Ose. 1:2-9). Las dramáticas experiencias de Ezequiel y Oseas debían resultar impactantes, no solo para nosotros, sino también para los destinatarios originales del mensaje. En una época en la que las advertencias de los profetas eran rechazadas abiertamente (ver 2 Crón. 36:15-21), el último acto de misericordia divina fue alertar dramáticamente al pueblo acerca de su verdadera condición para llevarlo al arrepentimiento genuino. Dios pretendía mostrarles de esa manera cuán seria era su advertencia. ¿Qué tipo de dramatización podría servir hoy para advertirnos, por ejemplo, acerca de la condición laodicense? (Ver Apoc. 3:14-18).
Viernes 30 de octubre
ELENA DE WHITE, LA REVELACIÓN Y LA INSPIRACIÓN
Los adventistas del séptimo día creemos que Elena de White fue inspirada divinamente. Sus escritos, su vida y su ministerio son los de una verdadera profeta. Ella poseía la misma inspiración que los profetas de la Biblia, aunque nunca consideró que sus escritos fueran iguales a los de las Escrituras. Por el contrario, siempre exaltó la Biblia. ¿Cómo entendía ella las revelaciones proféticas que Dios le comunicaba y el proceso de su inspiración? En primer lugar, Elena de White siempre consideró la Biblia como la revelación autoritativa e infalible de Dios.
La Biblia revela la verdad de Dios y su plan de salvación para la humanidad caída. En ese proceso, como estamos aprendiendo, él utiliza a los profetas para comunicar sus mensajes. En segundo lugar, Elena de White reconocía que el proceso de inspiración implicaba una interacción entre lo divino y lo humano. Dios comunicaba sus mensajes, pero luego el profeta transmitía la instrucción divina utilizando sus propias palabras: «No son las palabras de la Biblia las inspiradas, sino los hombres son los que fueron inspirados.
La inspiración no obra en las palabras del hombre ni en sus expresiones, sino en el hombre mismo, que está imbuido con pensamientos bajo la influencia del Espíritu Santo. […] La mente y voluntad divinas se combinan con la mente y voluntad humanas. De ese modo, las declaraciones del hombre son la palabra de Dios» (Mensajes selectos, t. 1, p. 24). En relación con las visiones y los sueños proféticos, Elena de White entendía la inspiración divina de los pensamientos humanos como una unión entre la revelación divina y la experiencia humana. Ella escribió: «La Biblia, con sus verdades de origen divino expresadas en el idioma de los hombres, muestra una unión de lo divino y lo humano» (Mensajes selectos, t. 1, p. 29).
Dios utilizó diversos medios para transmitir sus mensajes, como representaciones pictóricas, palabras y pensamientos que incluían todos los sentidos del profeta. La experiencia de Elena de White fue similar a la de los escritores de la Biblia. En tercer lugar, Elena de White señaló que no todas sus experiencias y comunicaciones humanas fueron inspiradas. «Hay oportunidades cuando deben declararse cosas comunes, pensamientos comunes deben ocupar la mente, deben escribirse cartas comunes y se debe dar información que ha pasado de un obrero a otro. Tales palabras, tal información, no son dadas bajo la inspiración especial del Espíritu de Dios» (Mensajes selectos, t. 1, pp. 45-46).
Es importante tener en cuenta esta distinción al leer sus escritos y experiencias y relacionarnos con ello, especialmente con su correspondencia y sus diarios. Conocer el concepto que Elena de White tenía de la revelación y la inspiración nos ayuda a evitar extremos y a leer sus consejos con prudencia y discernimiento.
Para aprender más de este tema, lee Elena de White, Mensajes selectos, t. 1, cap. 1, pp. 17-27; El conflicto de los siglos (Florida: ACES, 2015), pp. 5-13; Ángel Manuel Rodríguez, «La revelación, la inspiración y el testimonio de las Escrituras», en El don de profecía en las Escrituras y en la historia (Miami, FL: APIA, 2016), pp. 95-122.
